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¿Judaísmo o judaísmos? - Egon Friedler

¿Judaísmo o judaísmos?

Por Egon Friedler

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No hay un judaísmo solo y quizás la idea de que alguna vez lo hubo no es sino un espejismo histórico. La variedad se vuelve cada vez más compleja en un mundo de identidades fluctuantes.
Hace muchos años pregunté a un distinguido profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalem qué clase de judaísmo profesaba. Nunca pude olvidar su reacción. Se enojó porque me atrevía a formularle una pregunta tan personal e íntima. Su judaísmo era algo privado que no estaba dispuesto a discutir.
Indudablemente para el profesor, la identificación tradicional del concepto de judaísmo con la religión judía no era válida. Su concepción del judaísmo o más precisamente su forma de vivir su judaísmo no podía caber en moldes predeterminados. ¿Una posición extraña, excéntrica?
Después de muchos años de reflexionar sobre el incidente, cada vez más llego a la conclusión de que el tipo de judaísmo que se profesa constituye una elección individual. Las definiciones colectivas clásicas parecen insuficientes. ¿Qué significa ser un judío religioso? Una respuesta sencilla no alcanza. Un judío religioso puede ser ortodoxo, ultraortodoxo, conservador, reformista o pertenecer a la pequeña corriente fundada por Mordejai Kaplan en los Estados Unidos, el reconstruccionismo.
Pero aun esta división es totalmente insuficiente. Los matices dentro de la ortodoxia son muy numerosos, tanto en lo que respecta a posiciones políticas como en lo atinente a su actitud hacia la vida moderna. No menos fragmentado es el aparentemente monolítico campo de la ultraortodoxia. Las diferencias entre jasidim y mitnagdim heredadas del siglo XVIII siguen vigentes, a lo que cabe agregar las diferencias entre jasidim de distintos bandos. Luego están los infinitos matices de la política que oscilan entre los contrarios al Estado de Israel, al que consideran hereje, y los ultranacionalistas, convencidos de la santidad de la tierra de Israel.
Tampoco resulta demasiado explícita la definición de los judíos que se consideran tradicionalistas. Los matices de cumplimiento de las normas religiosas son tan variables y tan caprichosos que la palabra casi carece de sentido. Del mismo modo la definición de un judío como laico y secular no dice mucho acerca de su actitud subjetiva ante el judaísmo, o de su visión personal de su identidad judía. Hay judíos laicos comprometidos con el sionismo y el pueblo judío y los hay indiferentes; hay judíos laicos unidos sentimentalmente a doctrinas antisionistas del pasado, los hay sin definición ideológica pero con una fuerte identidad cultural. Y por supuesto hay judíos cuyo judaísmo es muy endeble pero al que, sin embargo, no están dispuestos a renunciar. Hasta hay una novísima clase de judíos que va día a día en aumento: los judíos de Internet. Y por supuesto esta enumeración es totalmente incompleta.

Definiciones absurdas
La definición matrilineal de la ortodoxia, que define al judaísmo por el vientre materno parece hoy totalmente obsoleta. En los hechos, ya no es el nacimiento lo que define la identidad. Los ejemplos que brinda la vida son infinitos tanto en Israel como en la diáspora. Hay cónyuges no convertidos que comparten intensamente la vida judía de su pareja y tienen un claro sentido de pertenencia al pueblo judío, mientras judíos de intachables credenciales desde el punto de vista de la “Halajá” en la vida práctica no lo son. Es conocido el caso extremo pero real de terroristas árabes hijos de madre judía y padre árabe. Su definición como judíos es absurda. Tampoco una definición estrictamente patrilineal soluciona las cosas.
La famosa máxima de Shalom Aleijem de que es difícil ser judío podría complementarse con la no tan humorística réplica de que más difícil aún es definir qué es ser judío. Para un sector cada vez más pequeño del pueblo, la elección bíblica es un concepto religioso esencial de su identidad. Para un sector cada vez mayor del pueblo, la elección bíblica es una ficción o un mito que carece de todo significado en el mundo de hoy y que, en caso de tenerlo, sería negativo. El resurgimiento del antisemitismo en Europa a 60 años de la Shoá vendría a probar que si Dios existe y de que si es cierto que somos su pueblo elegido, esa elección constituye un desastre histórico. De hecho, sólo una minoría que podría llegar en un cálculo muy generoso al 20% tiene una firme adhesión a la fe. La gran mayoría está dispuesta a dar un leve matiz religioso a su vida como expresión de pertenencia al pueblo, como nexo con las generaciones precedentes, como expresión de identidad en momentos definitorios de la vida, como el nacimiento, el casamiento, o la muerte. Pero la religión no pauta sus costumbres en la vida cotidiana. Tampoco incide profundamente en su elección de vida.
Para un porcentaje probablemente mayoritario de los judíos de la diáspora, la adhesión espiritual al Estado de Israel constituye un factor de identidad judía muchísimo más fuerte y definitorio que la asistencia a la sinagoga en las grandes festividades o en celebraciones de tipo familiar. Este hecho, por razones obvias, es más notorio aún en el Estado de Israel donde la pertenencia nacional, para la mayoría de la población, es la forma predominante que asume su identidad judía.

Cambia, todo cambia
No hay un judaísmo solo y quizás la idea de que alguna vez lo hubo no es sino un espejismo histórico. La variedad, la diversidad, la singularidad de las elecciones individuales se vuelve cada vez más compleja en un mundo globalizado, con identidades fluctuantes.
Un reciente artículo en el New York Times informó del caso de una mujer japonesa, ex bailarina de music-hall en los Estados Unidos, convertida a la ortodoxia judía y radicada con su esposo en Israel. La entusiasta conversa hizo un “show” con su historia personal y lo presentó ante ávidos públicos femeninos en sinagogas a lo largo y a lo ancho de los Estados Unidos. En otras épocas, algo semejante hubiera sido impensable. Pero hasta la ortodoxia, por su propia definición el sector menos flexible a los cambios, ha debido aceptar un creciente protagonismo femenino derivado de los avances de los derechos de la mujer en el mundo contemporáneo.
El mundo cambia y los judaísmos cambian. Quienes aspiran a un retorno a los “viejos buenos tiempos” no tienen la menor chance de que sus anhelos se cumplan. A pesar de las modas espiritualistas y del sobrevalorado fenómeno del “retorno a la fe”, la secularización es un proceso imbatible en la era de la globalización y la comunicación instantánea. Los particularismos naturalmente tienden a fragmentarse frente a la creciente interrelación de todos los habitantes del planeta Tierra. No es un fenómeno que debamos deplorar. Al contrario, el pueblo judío sólo tiene genuinas chances de supervivencia, desarrollo y crecimiento, en el cambio y la diversidad. Y el cambio y la diversidad no se decretan, constituyen la esencia de nuestro desarrollo histórico.

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